SER. 44 / 44.

22 febrero, 2017


Viva, llena y consciente. Así doy el último de mis pasos para completar este "44vecesTÚ".

Más grande, más fuerte y con más ganas de SER que nunca.

Después de un año termina mi viaje de 44 semanas y lo hace aquí: justo donde hace un año lo emprendí. Partí sola, con miedo, dolor y una pizca de resistencia para ser sinceros. Lo recorrí yo. Sola, otra vez. Y lo compartí con tanta gente bella que se hizo inmenso en todos los sentidos. Hoy termino yo, sola, tal cual empecé. Y la satisfacción es tan grande... que, efectivamente, creo que no podía haber un final concluyente más perfecto en toda la historia de las historias. Terminar despertando. No hay metáforas, así de real es.


He elegido un pequeño fragmento de la obra de Neale Donald Walsch, Conversaciones con Dios, que muchos no entenderán y que pocos tenemos la suerte de vivir conociéndolo. Es la clave que evidencia mi gran descubrimiento.




"Cada alma es un Maestro, aunque algunas no recuerden sus orígenes o su herencia. Cada uno crea, en cada momento, la situación y la circunstancia apropiada para su objetivo más elevado y su proceso de recuerdo más rápido.

No juzgues, pues, el camino kármico que recorre otra persona. No envidies su éxito, no compadezcas su fracaso, puesto que no sabes qué es éxito y qué fracaso en los cálculos del alma. [...]


Había una vez un alma que sabía que ella era la luz. Era un alma nueva y, por lo tanto, ansiosa por experimentar. << Yo soy la luz –decía–. Soy la luz >>. Pero todo lo que supiera al respecto y todo lo que dijera al respecto no podían sustituir a la experiencia. Y en la esfera de la que surgió esta alma no había sino la luz. Todas las almas eran grandiosas, todas las almas eran magníficas y todas las almas brillaban con el brillo imponente de Mi propia luz. Así, la pequeña alma en cuestión era como una vela en el sol. En medio de la más grandiosa luz –de la que formaba parte–, no podía verse así misma, ni experimentarse a sí misma como Quien y Lo que Realmente Era.

Sucedía que esta alma anhelaba una y otra vez conocerse a sí misma. Y tan grande era su anhelo, que un día le dije:

–¿Sabes, Pequeña, qué deberías hacer para satisfacer este anhelo tuyo?
–¿Qué Dios mío? ¡Quiero hacer algo! –me dijo la pequeña alma.
–Debes separarte del resto de nosotros –le respondí, y luego debes surgir por ti misma en la oscuridad.
–¿Qué es la oscuridad, oh, Santo? –preguntó la pequeña alma.
–Lo que tú no eres– le respondí y el alma lo entendió.

Y eso hizo el alma, apartándose del Todo, e incluso yendo hacia otra esfera. En esta esfera el alma tenía la facultad de incorporar a su experiencia todo género de oscuridad. Y así lo hizo.

Pero en medio de toda aquella oscuridad, gritó:
–¡Padre, Padre! ¿Por qué me has abandonado?
Igual que vosotros en vuestros momentos más negros. Pero Yo nunca os he abandonado, sino que estoy siempre a vuestra disposición, dispuesto a recordaros Quiénes Sois Realmente; dispuesto, siempre dispuesto, a recibiros en casa.

Así pues, sé la luz en la oscuridad y no la maldigas.
Y no olvides Quién Eres mientras dura tu rodeo por el camino de lo que no eres. Pero alaba la creación, aunque trates de cambiarla. Y sabe que lo que hagas en los momentos de más dura prueba puede ser tu mayor triunfo ya que la experiencia que creas es una afirmación de Quién Eres y de Quién Quieres Ser.

Te he explicado esta historia –la parábola de la pequeña alma y el sol– a fin de que puedas entender mejor por qué el mundo es como es y cómo puede cambiar en un instante en el momento en que cada uno recuerde la divina verdad de su más alta realidad.

Ahora bien, hay quienes dicen que la vida es una escuela y que todo lo que uno observa y experimenta en su vida es para que aprenda. Ya he hablado de ello antes; pero nuevamente os digo:

No habéis venido a esta vida a aprender nada; sólo tenéis que manifestar lo que ya sabéis. Al manifestarlo, lo realizaréis y os crearéis a vosotros mismos de nuevo, a través de vuestra experiencia. Así pues, justificad la vida y dotadla de objetivo. Hacedla sagrada".




                                  Conversaciones con Dios,  Neale Donald Walsh. 




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